La muerte infligida en circunstancias un tanto confusas pero aparentemente con exceso de violencia a George Floyd, un ciudadano afronorteamericano, por un policía blanco en Mineápolis (EE.UU.) el día 25 de mayo de 2020 ha sido interpretada como un asesinato con móviles étnicos o racistas. Esta circunstancia ha desatado en muchos países y, especialmente en los Estados Unidos, una diversidad de protestas antirracistas y condenatorias de toda forma de discriminación y supremacismo. Las protestas continúan y, en estos días de pandemia y cuarentena por el covid 19, han empezado a generar un debate interesante, ojalá prometedor y finalmente fructífero sobre esas rémoras de toda civilización que se resumen en fenómenos de exclusión, ampliamente entendida. Esos sentimientos tan dañinos como injustos están relacionados con el etnocentrismo y el desprecio fundamentado en razones fenotípicas, étnicas, culturales, religiosas o lingüísticas e incluso diastráticas. Parte de ese debate, por lo reciente del motivo que lo ha ocasionado, está aún en una fase gobernada más por la rabia y la pasión que por la razón que les subyace. Las protestas hacen visible un fuerte rechazo al status quo, a lo establecido, a la historia oficial que sostienen situaciones estructurales de racismo, exclusión e injusticia. Lo intolerable de esas situaciones constituye, en definitiva, el motivo profundo de las protestas por la muerte del ciudadano Floyd, independientemente de sus antecedentes policiales y de los motivos que llevaron a la infausta detención y los desproporcionados métodos empleados que acabarían con su vida, verdadera ejecución extrajudicial. Sin pretender soslayar del tema central del racismo y la violencia policial no justificada, resulta interesante un aspecto relacionado con las manifestaciones de protesta. En la edición digital de El Nacional de Caracas del miércoles 10 de junio de 2020 (URL: https://www.elnacional.com/mundo/ee-uu/manifestantes-derribaron-estatua-de-cristobalcolon-en-ee-uu/) se recoge la noticia de la destrucción de una estatua de Cristóbal Colón, el almirante europeo que condujo la expedición tenida como la primera registrada en llegar a América el 12 de octubre de 1492, suceso ocurrido en el Parque Byrd de Richmond (Virginia) durante la noche del martes 09 de junio. Los manifestantes derribaron la estatua, la envolvieron en una bandera de los EE.UU., le prendieron fuego y la lanzaron a un lago. Resulta evidente que esas acciones buscan enfatizar un rechazo a las versiones de la historia oficial como lo sustenta un análisis del simbolismo de cada uno de esos actos: tumbar la estatua, envolverla con un símbolo federal de tanta trascendencia como la bandera, el poder destructor y a la vez renovador del fuego y el lanzamiento al lago, a lo profundo, a lo insondable, a lo irrecuperable, a la destrucción representada por el abismo. Colón, por su parte, es tenido como emblema del inicio de la conquista de América y de todos los abusos y desaguisados que los conquistadores cometieron en las llamadas Indias occidentales, no solo con los indígenas americanos sino también con los africanos esclavizados. En el caso del imperio español, gran parte de los abusos contra los indios se hicieron en abierta contradicción con principios fundamentales de la doctrina de conquista y colonización impulsada por la España del siglo XVI y desobedeciendo leyes y normas establecidas como lo recoge aquella expresión de “se acata, pero no se cumple”. La noticia citada sobre la destrucción de la estatua de Colón señala que “Parte de la acción civil se ha centrado en monumentos que glorifican el pasado imperialista de los países, considerados ofensivos por muchas personas en las actuales sociedades multiétnicas. Los manifestantes han derribado estatuas ligadas al imperio y al comercio de esclavos”. El texto de la noticia prosigue con las siguientes palabras: “Con sus viajes por el Atlántico a finales del siglo XV, Colón abrió el camino para la colonización europea de América. El navegante genovés tocó por vez primera tierra americana en nombre de la Corona española el 12 de octubre de 1492, fecha celebrada como festivo federal en Estados Unidos”. Hemos de recordar la polémica que se desató el torno al medio milenio de la proeza del primer viaje trasatlántico documentado. ¿Se descubrió un “Nuevo” pero muy antiguo Mundo? ¿Fue solo un encuentro de culturas? ¿No significó tal “encuentro” la muerte no contabilizada pero estimada en probablemente varios centenares de miles de personas y la destrucción de centenares de sociedades y culturas y de al menos tres civilizaciones (Mesoamérica, los Andes, las Tierras Bajas), así como la desaparición de muchos idiomas? La celebración del 12 de octubre, sea como “Descubrimiento de América”; “Día de la Raza” (pero ¿de cuál?) o “Día de la Hispanidad”, ha sido cuestionada. En Venezuela, con el chavismo en el poder, se ha instituido como “Día de la Resistencia Indígena”, lo cual también genera suspicacias y preguntas no por celebrar la resistencia de pueblos que han debido y sabido resistir de manera portentosa sino por la fecha escogida para una dedicación tan digna y merecida como esa. En todo caso, se trata de una especie de contradiscurso. Las estatuas y monumentos, así como las pinturas y otras manifestaciones de las artes, incluida la arquitectura, pueden interpretarse como un relato historiográfico que reafirma las versiones de la historia oficial. No resulta extraño que una reacción a dichas narrativas suponga la destrucción de objetos, en un muy amplio sentido, que desde un punto de vista pueden catalogarse como “obras de arte”, pero desde otros también como “celebraciones”, “conmemoraciones”, “alabanzas” de ciertos procesos y actores frente a otros: el triunfo de los vencedores y la derrota de los vencidos. Una lectura de las obras de arte celebratorias como género historiográfico la podemos hacer con monumentos conmemorativos muy cercanos a la conciencia histórica y la historia oficial venezolanas. Uno de ellos es el monumento del Campo de Carabobo (en el estado homónimo, cerca de la ciudad de Valencia) que celebra el triunfo patriota en la batalla del 24 de junio de 1821 que consolidó la independencia de Venezuela. Otro es el Panteón Nacional, donde están enterrados los héroes de la patria. Ahora bien, en este caso, los criterios de catalogación de “héroes” y “heroínas” pudieran variar de acuerdo a las ideas, principios y orientación ideológica de distintos regímenes. Un ejemplo de ello sería la demora del homenaje a Guaicaipuro, aprobado por el Congreso de la República en 1992 pero que encontró fuerte resistencia en los gobiernos y no se hizo efectivo sino en diciembre de 2001 ya en el gobierno de Chávez. Más recientemente, en España, el caso del retiro de los restos del general Francisco Franco de la iglesia de la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, tras más de cuatro décadas, ilustra no solo el uso de las artes como relato historiográfico sino el cambio en la valoración de los personajes históricos y el peso del Estado y los gobiernos para imponer sus criterios al respecto. La destrucción de estatuas, monumentos o inscripciones conmemorativas no es algo nuevo. Ya ha quedado documentada en el Antiguo Egipto, en Mesoamérica, en los Andes centrales, en el imperio romano, en los movimientos iconoclastas y en el gran teocidio que fue la conquista de América con la terrible destrucción de templos, códices y objetos sagrados y así en muchas civilizaciones y culturas. Pocos años atrás, tras la caída del comunismo en la Europa del Este, se derribaron estatuas y monumentos conmemorativos. La rabia acumulada de la gente ante los abusos de los regímenes del llamado socialismo real fue incontenible. Cayeron, entre otras, estatuas de Lenin y de Stalin. Por vía contraria, el zar Nicolás II, su esposa, el zarévich y sus hermanas fueron proclamados mártires y santos por la Iglesia Ortodoxa Rusa. En Venezuela tenemos el caso de las estatuas de Guzmán Blanco que fueron destruidas e incluso, más recientemente, también alguna de Chávez. La popularidad de los mandatarios y la aceptación de sus abusos y delirios de grandeza son cambiantes, como las nubes del cielo. También el 12 de octubre de 2004 grupos afectos al chavismo derribó la estatua titulada “Colón en el Golfo Triste” de Rafael de la Cova, de gran valor artístico e histórico y que formaba parte de un monumento ubicado en el Paseo Colón, cercano a la Plaza Venezuela. En su estructura, ya sin la estatua de Colón, ahora se exhiben solo estatuas de indígenas. En tanto que movimientos espontáneos y no manipulados por intereses externos como a veces sucede, derribar estatuas y destruir monumentos conmemorativos pueden interpretarse como formas aunque violentas de reescribir la historia, peticiones desesperadas de justicia, maneras extremas de exigir reivindicaciones, modos de alzar la voz por parte de grupos minoritarios, minorizados, oprimidos o subalternos. Ojalá podamos aprender la lección que no puede ser otra que construir sociedades más justas y solidarias, producir narrativas más plurales, generar inclusión e igualdad en vez de racismo, discriminación, supremacismo, nacionalismos violentos y excluyentes, xenofobia y etnocentrismo. Horacio Biord Castillo Escritor, investigador y profesor universitario
Este Blog, bajo la responsabilidad de Américo Fernández, está destinado a divulgar la historia, acta constitutiva, asambleas, encuentros, convenciones y demás actividades de la Asociación de Cronistas Oficiales de los Municipios del Estado Bolívar.
viernes, 12 de junio de 2020
domingo, 6 de enero de 2019
LA ÚLTIMA CHALANA / Horacio biord Castillo
Tenía, sobre todo, un aire de forastero. El rostro enrojecido
delataba que había estado expuesto largo tiempo al sol. Sus maneras modosas y
un tanto anticuadas mostraban que no era un viajero más, como tantos otros de
modales y actitudes adocenadas, cuando no vulgares. Algo así, o eso creí
entender, me había referido el chalanero, nostálgico aún de su dilatado oficio.
El hombre, continuó rememorando el día de nuestro fugaz encuentro, llegó poco
antes de la inauguración del puente. Casi se podía afirmar que fue uno de los
últimos, tal vez realmente el último, en utilizar la chalana parta atravesar el
río, a cuyas orillas, en el mero paso, había sendas rancherías y pequeños
tenderetes que servían a los viajeros. De noche, en ambos lados, a la titilante
luz de lámparas de querosén, algunos jugaban dominó o barajas y hasta ruidosas
partidas de dados que a veces concluían con violentas trifulcas e insultos,
mientras otros, y en especial las mujeres, conversaban sobre los sucesos de la
jornada y las caras de los viajeros, los bártulos que transportaban y las
noticias que habían dejado, los mineros que iban o volvían de las minas con sus
secretos bien guardados, temblorosos en cualquier momento a causa del
paludismo. En aquellos tiempos, más pausados y tranquilos, la carretera misma
era un tema fundamental de las conversaciones, su eje central, alfa y omega de
toda plática. Se hablaba del estado de la vía, de los baches más significativos
que convenía por sobre todas las cosas evitar, de los derrumbes y erosiones del
talud, de algún accidente que hubiera conmovido a los conductores ya
acostumbrados a escuchar historias de autos destruidos, de vehículos de carga
averiados durante interminables días a la espera de alguna pieza dañada o de un
mecánico especializado en medio de la sabana o en bosques de galería contiguos
a los ríos, pero nunca de salteadores o de asesinos prófugos, como ahora.
Sin duda, el puente, o la red de puentes sobre aquellos ríos
majestuosos, que bajaban las aguas de míticas cabeceras solo conocidas con
precisión por los indios, había significado un cambio radical para los
pobladores de esas comarcas, tan olvidadas no tanto de la mano de Dios como de
los gobiernos y la mirada curiosa de los extraños. La carretera, como
inadvertida sentencia de una jueza inclemente, se habría de llevar los
apacibles modos de vida de los nativos y desperdigaría al viento como
fragmentos rotos para siempre tantas historias, magníficos relatos sobre el
origen de los cerros de piedra y sus laberintos, bestias y combates épicos
entre hombres virtuosos y serpientes descomunales que poseían mansiones en las
profundidades cenagosas de los ríos, ubicadas más arriba de raudales evocados
en relatos de aventura pero, en verdad, poco visitados por los recolectores de
sarrapia y plumas de garza, por cazadores y mineros, por los escasos
comerciantes que se aventuraban hacia las aldeas indias del nuboso horizonte.
Otros días estaban por venir, otras épocas por llegar y otros relatos por
nacer. La mirada de los más ancianos, indios o racionales, como se calificaban a sí mismos ignorantes
quizá de la carga despectiva del término los campesinos, muchos descendientes
también de indios, se perdía entre vericuetos de la memoria, de un pasado muy
remoto.
El viejo chalanero me contó un sinfín de cosas de aquellos costos
tan apartados “de las ciudades y la civilización”, como me refería una y otra
vez. Yo lo oía con delectación, seguro de que escuchaba los últimos testimonios
de unos territorios que custodiaban los referentes de historias muy sagradas
condenadas empero a sucumbir bajo el ocre polvo que dejaban a su paso los
vehículos atestados de gentes y enseres y más tarde en la incomprensible
transitoriedad de la prisa, en el dejo de apuro de quienes buscan con afán
efímeras riquezas.
Los recodos de aquel paisaje sorprendente se llenaban de huellas y
otras luces menos tenues que la proyectada por los parpadeantes bombillos que
proclamaban ya el progreso y sus enguantadas pezuñas. Iba apurado el hombre,
aunque parecía querer detenerse a contemplar los filos caprichosos de las
lajas, los caminos del rocío y las torrenteras que las horadaban sin cesar en
las lluvias del invierno. Su mirada se fijaba, me dijo, eso supongo, en la
rugosidad de las hojas de los chaparros, en sus venas, y en los ojos de agua
ocultos al pie de los cerros, en los rastros inadvertidos de los felinos y los
olores de sus almizcles, en los destellos de las piedras preciosas enterradas
bajo los terrones del suelo. Aspiraba con satisfacción el aroma del fuego hecho
con maderas perfumadas y la fragancia del polen de las más delicadas flores.
Creí haberle escuchado que buscaba con ahínco una piedra que reflejara una gran
estrella y la conservara en el nocturno corazón de sus vetas. Lo decía, me
precisó, con la convicción del que sabe lo que dice, de quien tiene la certeza
de que alguien, uno solo al menos, entre sus contertulios puede comprenderlo.
Tal vez llevara el mapa de alguna mina, había pensado el chalanero, según me
precisó, en aquellos parajes de tantas bullas y riquezas aluviales. Debía
buscar un diamante insólito, quizá un cuarzo luminoso que encerrara en sus
entrañas la luz toda de los luceros del firmamento, la luz del mundo. Mi
informante, sin embargo, no recordaba que el hombre llevase en su equipaje
palas ni picos, surucas o mangueras, sino solo una especie de abrigo de
arabescos dorados y un pañolón retorcido sobre la cabeza a guisa de sombrero,
excesivamente limpio y refulgente, para venir de tan lejos, y una pequeña caja
de madera labrada en la que, como unos indios antiguos la noche en una cesta
hasta que se les escapó cuando alguien inadvertido o curioso levantó la tapa,
guardaba una sustancia olorosa como resina de orquídeas. Era un tipo extraño,
más allí donde solo se ven hombres rudos con sed de ganancias o domadores de
caballos, truhanes y vendedores de baratijas y, de tanto en tanto, curas
extraviados que van a bautizar, a casar, a orar por los difuntos que ya hace
mucho tiempo se murieron, pero personas así, como él, muy pocos, al menos antes
de que existieran los puentes que acabaron con el viejo oficio de los balseros
que “como yo nacimos y crecimos oyendo el canto de las toninas al brincar para
besar los destellos del sol de la tarde sobre las aguas oscuras del río”, se
lamentaba aquel chalanero de ojos un tanto borrosos. “Para mí, me repitió, fue
el último hombre en cruzar el Cuchivero en chalana, pero no en un carro
cubierto de barro y blancas o amarillas mariposas estrelladas contra los
vidrios, sino en un raro y giboso animal, como los dantos, que dijo llamarse
gromedario o algo así. Iba a beberse los miados de un Niño que acababa de
nacer, me pareció escucharle”.
Horacio Biord Castillo
lunes, 24 de diciembre de 2018
EL ARBOLITO EN MARGARITA / Beatriz Bermúdez Rothe
Según el cronista margariteño Carlos
Villalba-Luna (Cronista del Caserío Espinoza), mi bisabuelo George Wilhelm
Rothe, introdujo en Margarita la
costumbre de “montar” un arbolito en navidad. Mi bisabuelo, que venía de
Hamburgo, se casó en la isla con Mariana Aguirre de origen vasco y allí
nacieron sus hijos. Como químico y farmaceuta abrió la “Botica Americana” donde
atendía a sus pacientes y en navidad, para asombro de los margariteños de
mediados del siglo XIX, instalaba su arbolito. Mi abuelo Alfredo Rothe,
continuó con esa tradición y era todo un acontecimiento reunirnos para ayudarlo
con su arbolito, el cual había importado de Alemania con todos sus adornitos y
luces.
Por su parte, mi
abuela Isabel dirigía la “instalación” del nacimiento o pesebre con sus bosques
de alpiste y su laguito de espejo. Cada uno con su reino. Luego hacíamos las
hayacas y se preparaba toda la comilona de esos días cuando la casa se llenaba
de gente, sobre todo de los parientes guayaneses de mi abuela que no habían
podido viajar a su terruño. Mi abuela Isabel era de Upata y se había casado con
mi abuelo en Tumeremo en 1918 y en su casa de Carapa, que si mal no recuerdo
llamaron “Corozal”, allá muy cerca del viejo pueblo de Antimano, cabían tod@s.
Por eso me gusta
la navidad, porque recuerdo días felices cuando la familia estaba unida
alrededor de mi abuela y abuelo. Recuerdo su cariño, su alegría y su esfuerzo
por hacernos sentir bien. Aprendí de ellos el valor de la amistad y la
solidaridad y de la alegría de compartir.
Por eso también,
cuando hace unos años recibí por internet una tarjeta de navidad en la que un
arbolito dedicado a la amistad se iba formando, quedé encantada con ella. Fue
como el arbolito margariteño de mi bisabuelo ¡llegó para quedarse! Me gustó
tanto, que año tras año la envío y la reenvío.
Este año quisiera
enviar un saludo navideño a todas mis amistades parafraseando un poco su
contenido, a las viejas amistades y a quienes conozco de siempre, así como a
las nuevas, a las que apenas conozco. A las de cerca y a las de lejos. A las que
siempre están allí y a las que no responden nunca. A las que me han pedido
amistad sin conocerme y a quienes me han bloqueado porque no les gusta lo que
escribo. A las que me hacen reír y a las que me hacen rabiar y pensar en no
volver a las “redes”. ¡Para todas y cada de las personas con quienes puedo
comunicarme por aquí, deseo que la esperanza y la fe en que podemos hacerlo
mejor llene su corazón y nos de aliento para seguir luchando por el país y el
mundo que soñamos, y que algún día podamos reencontremos alrededor de un
arbolito en cualquier plaza de Venezuela…!
2018
miércoles, 19 de diciembre de 2018
LEOPOLDO VILLALOBOS BOADA.
Periodista,
cronista de Ciudad Guayana, Hombre acucioso, extraordinario lector, se acaba de
morir a los 90 años, según me informó su entrañable amigo César Díaz Decán
“Solito”. Mi colega Leopoldo se tragaba y digería todo cuanto caía en sus
manos. Bastaría con decir que no existe
periódico en Venezuela que no haya leído.
Lo primero que hacía al levantarse era ir en busca de la prensa,
incluyendo las revistas de ese día. Y no
la desechaba después de recrearse ávidamente. La guardaba. De allí que toda su casa de dos plantas,
incluyendo el patio, más que una morada familiar, sea una hemeroteca
desordenada, Un mar de publicaciones en
la cual un día cualquiera iba amanecer asfixiado si una institución publica o
privada no recogía los impresos donde ha drenado la intelectualidad de todos
los tiempos.
Este es un solo aspectos de los numerosos que llenaban
la vida de este periodista amigo, nacido en Guasipati el 15 de noviembre de
1928, la misma tierra de la poeta Jean
Aristeguieta, del botánico Alejandro
Aristeguieta, del jurisconsulto José
Gabriel Machado, del poeta Rafael Pineda
y del escritor Carlos Díaz Sosa, quien lo llevó de la mano a conocer a don
Jorge Suegart, director de El Luchador, para que le publicara su primer artículo.
Estudió en la Escuela Federal Graduada Dalla
Costa de Guasipati hasta el sexto grado, el único nivel de educación que
existía en la tierra de los zorros guaches, por lo que aspirando un nivel
óptimo de educación sus padres, Modesto Antonio Villalobos e Isabel Antonia
Boada de Villalobos lo enrumbó hacia la capital bolivarense para cursar el
bachillerato en el único liceo del Estado: el Liceo Peñalver cuando éste
todavía funcionaba en el histórico inmueble que le dio abrigo al segundo
congreso constituyente de Venezuela en 1819:
el Congreso de Angostura.
Cuando llegó a Ciudad Bolívar en 1946, el Orinoco
estaba en la plenitud de sus aguas. Se
domicilió en una casa de la calle Venezuela, cerca de El Luchador, decano de la
prensa en Guayana y Oriente. En el
Fernando Peñalver estudió sólo el primer ciclo, pues hasta allí se detenía el
bachillerato por lo que aspirando cumplir el diversificado se fue a Mérida,
pero antes trabajó como maestro auxiliar en el Grupo Escolar Estado Mérida de
Ciudad Bolívar, bajo la dirección del profesor Alfonso Paraguán. En la Universidad de los andes se recibió de Bachiller
en ciencias Biológicas, pues su aspiración era ingresar a la Escuela de Medicina, deseo
que frustró la insuficiencias económica.
Comenzaban los años del 50 cuando en Guayana se hacía
promisoria la explotación de las Minas de Hierro del Cerro Bolívar, de manera
que regresó y logró enganchar en los laboratorios de la Orinoco Mining Company en
Ciudad Piar. En 1956 la OMC abrió un programa de becas
y le concedieron una para estudiar periodismo en la Facultad de Humanidades
de la UCV de
donde egresó licenciado en 1960 que regresó
para trabajar como periodista de la revista El Minero de la empresa ya
como redactor y finalmente como editor, todo a lo largo de 23 años cuando salió
jubilado para continuar activo como el primer Cronista oficial de Ciudad
Guayana.
Escribió su primer artículo de prensa en el diario El
Luchador: “Sarmiento, Magistrado y Educador”, fue lenitivo suficiente para no
abandonar jamás el campo de las letras impresas. Siendo estudiante se aventuró a hacerle una
entrevista nada menos que al Maestro Rómulo Gallegos, tan reacio pues casi siempre le mal interpretaban lo que
quería decir. Fue acertado, pues el
Maestro le envió una esquela agradeciéndole la entrevista en 1959, terminando
sus estudios de periodismo. En esa
ocasión también hizo una entrevista importante al doctor Charles Best, un
tisiólogo que junto con otro científico, fue el descubridor de la insulina y
Premio Nóbel de Medicina.
Desde entonces, en periódicos como El Luchador, El
Bolivarense, La Esfera ,
y el Correo del Caroní, aparte de El Minero, aparecieron sus trabajos,
generalmente entrevistas, reportajes y de investigación histórica. “Guasipati, memoria de un pueblo” y “Santo Tomé
de Guayana, historia y desarrollo” son productos de esa investigación coronada
en libros. Escribía uno sobre El Callao,
un tanto empujado por su amigo del alma César Díaz Decán, periodista como
Juvenal Herrera nacido en la tierra del oro.
Leopoldo Villalobos, por lo demás, es autor de la
letra del Himno de Guasipati, fue Secretario General de la Asociación Venezolana
de Periodistas, Seccional Bolívar, Presidente de la Asociación de Cronistas
del Estado Bolívar y se cuenta entre los fundadores del Museo del Oro de El
Callao. (AF)
miércoles, 12 de septiembre de 2018
ÁNGEL ROMERO, Cronista Oficial de Upata
El martes 12 de octubre de
2018, en la ciudad de Upata. falleció de un infarto y a la edad de 83 años, Ángel Romero, Cronista Oficial de la Ciudad de San Antonio
de Upata y también Presidente de la Asociación de Cronistas del Estado Bolívar.
El Profesor Ángel Romero,
casado con una caicarense y padre de
hijas arrastradas hacia el exterior por la diáspora, era popularmente conocido
como “Romerito”, acaso por su talla menuda y su hablar agudo y afable. No era precisamente upatense sino caraqueño. En la capital venezolana había nacido el
mismo año de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, es decir, en 1935,
Docente, cronista, fundador, presidente de la Casa de la Cultura María Cova Fernàndez,
y Presidente también de la Asociación de Cronistas del Estado Bolívar,
colaborador de la revista “Cuadernos de la memoria” coordinada por el poeta Pedro Suárez y
defensor del patrimonio cultural de Guayana.
Ángel Romero realizó una intteresante investigación
sobre el secor urbano Dalla Costa de San Félix y estuvo comprometido durante ocho años en un
trabajo de investigación sobre la vida
y obra de don Pedro Cova. Investigación que
parte de un dato que Carlos Rodríguez
Jiménez da a conocer en el primer volumen de su libro Upata publicado en
1965.
Romero no
tenía la menor idea de quién era Pedro Cova, y no tenía
por qué tenerla, pues él era caraqueño y había
llegado a la tierra del Yocoima por instrucción
del profesor Lucas Rafael Álvarez,
entonces director de Educación del Estado,
para fundar la Casa de la Cultura de Upata.
La única referencia cultural
que tenía era María Cova y por allí
comenzó después de leerse el libro del extinto diplomático Rodríguez Jiménez. Remunerado por la CVG, se fue a la antigua Nueva Andalucía (Cumaná), la tierra de los Cova y allí, bajo
la orientación del cardiólogo y cronista
José Mercedes Gómez, encontró suficiente material. Los archivos parroquiales de la
iglesia Santa Inés fueron de mucha
importancia, lo mismo que la información genealógica de Iturriza Guillén. Halló que el primer Cova llegó a Cumaná en 1818 y se llamaba
Ascanio y don Pedro Cova, su descendiente,
era compadre de Pedro José Rojas,
periodista que bautizó a su hija mayor y con el cual había hecho una
sociedad en 1843 para fundar una imprenta
y editar el Manzanares, semanario político. Esa misma imprenta a lomo de mula trasladó Pedro
Cova hasta Upata y allí se editaron las primeras publicaciones que tuvo el Yocoima. Total, es un libro que debería editar la
Alcaldía y donde se demuestra que don Pedro Cova es el paladín del progreso de la
antes Villa del Yocoima. Lo que San Antonio de Upata es
en la actualidad y lo que será siempre, tiene mucho que ver con la
obra civilizadora de don Pedro Cova, un cumanés, radicado en esas promisorias tierras desde mediados del
siglo diecinueve. (AF)
jueves, 16 de agosto de 2018
El dato como fetiche
En la investigación, especialmente en la historia y la antropología, con frecuencia no es factible precisar ciertos datos o no resulta fácil hacerlo en un primer momento. Muchas veces esos datos que, inicialmente, no aparecen o no se logran precisar moldean la metodología y el conocimiento derivado de tales tareas. Ello ha de llamarnos a la reflexión a quienes transitamos por ambas disciplinas.
Con frecuencia debemos recurrir a plantear hipótesis o escenarios probables, en vez de formular aseveraciones tajantes y excluyentes de otras opciones. De otra manera o no sería posible avanzar en la generación de conocimientos sobre determinados asuntos o resultaría en extremo fatigoso o largo arrojar luces que orienten la búsqueda de más datos o permitan adelantar la reconstrucción de determinados procesos.
Las reconstrucciones tentativas facilitan hacer luego descripciones y análisis más completos y complejos. Para ello la metodología debe ser lo suficientemente versátil para adaptarse a las condiciones objetivas de un momento o fase de una investigación. Con frecuencia aspectos colaterales de un problema pueden ayudarnos a entenderlo mejor y de manera más dinámica, aunque no tengamos suficiente información sobre un determinado fenómeno. Por el contrario, nunca se debe perder el foco y la perspectiva o hay que luchar para no perderlos teniendo claro los objetivos y metas de una investigación. Es decir, evitar que aspectos colaterales distraigan, como una digresión o perífrasis, los puntos y discusiones centrales de un estudio.
La comparación e incluso la imaginación controlada nos pueden ayudar mucho a reconstruir determinados procesos. Mientras más casos similares conozcamos, mayor número de referentes posibles tendremos para ayudarnos a interpretar determinadas realidades. De allí, que la formación del investigador y su continua, sostenida y creciente experiencia sea del todo invalorable.
En mi trabajo como etnohistoriador, tratando de combinar métodos y herramientas metodológicas de la historia y la antropología, he tenido que sortear situaciones de escasa información que logro solventar mediante la comparación para construir modelos explicativos que me ayuden a interpretar los escasos, contradictorios o a veces silenciosos datos. Un ejemplo de ello fue la reconstrucción del perfil societario de los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (Biord, Horacio. 2001. Los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (1550-1600). Una ponderación etnográfica de la obra de José de Oviedo y Baños. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello; Biord, Horacio. 2005.Niebla en las sierras. Los aborígenes de la región centro-norte de Venezuela (1550-1625). Caracas: Academia Nacional de la Historia, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Serie Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 258). Sin la etnología comparada de las sociedades hablantes de lenguas agrupadas en la familia lingüística caribe y sin dosis controladas, por supuesto, de imaginación, me hubiera sido difícil avanzar. Aún más, es necesario reconocer que siempre he asumido ciertas conclusiones como propuestas preliminares sujetas a cambios y rectificaciones en el futuro, una vez ampliadas las bases de datos o los marcos de interpretación.
El olfato del investigador nos debe guiar ante situaciones como las descritas. Se trata de caminar sobre cuerdas flojas o encima de ciénagas y terrenos poco firmes. Ello casi siempre ocurre cuando estudiamos fenómenos condenados a una gran invisibilidad social o acciones de sujetos subalternos. Las fuentes son escasas o guardan silencios, cuya interpretación constituye no solo un reto sino una necesidad epistemológica y metodológica. Hacerlas hablar incluso mediante su hierático mutismo es la tarea, al menos, de la etnohistoria.
viernes, 27 de julio de 2018
Renovando la historia estatal

Horacio Biord Castillo:
in Opinión
La Academia de
Historia del Estado Carabobo, consciente de la importancia de la historia
regional, de su sistemático conocimiento y divulgación, se ha trazado la meta
de producir a mediano plazo un manual actualizado de historia estatal. Debemos
recordar como un valioso precedente de tal propósito la Historia del estado Carabobo, escrita por don Torcuato
Manzo Núñez (1914-1988) y publicada en 1981 dentro de la colección de historias
regionales que promovió la presidencia de la República durante el gobierno del
Dr. Luis Herrera Campins.
Esa colección quiso llenar un vacío al
ofrecer, al gran público y especialmente a maestros y estudiantes, manuales de
historia de cada estado para que, entre otras finalidades, sirvieran de
material de consulta para el proyecto de Educación Básica, impulsado por ese
gobierno y que contemplaba la inclusión de contenidos de historia local y
regional en el plan de estudios. Se logró la participación de destacados
historiadores que escribieron la historia de varios de los estados de la
República. Se procuró que los autores fueran historiadores nativos de los
respectivos estados o estrechamente relacionados con ellos, a fin de que
hubiera una vinculación sentimental a la vez que se promovía y valoraba la
descentralización intelectual del país.
Desde entonces han pasado casi cuatro
décadas durante las cuales se han acumulado nuevos conocimientos e
investigaciones, muchas de ellas producto de la labor de entidades regionales
(como las Academias de Historia), las universidades y sus programas de
postgrado, los ateneos y otras instituciones. Bien vale la pena, pues, intentar
una síntesis más comprehensiva y actual que incluya nuevas reflexiones y puntos
de vista. Quizá sea muy difícil, por lo complejo de la tarea, confiarla a un
solo autor, como se hizo en la colección auspiciada por el presidente Herrera
Campins y de allí la relevancia del proyecto de la Academia de Historia del
Estado Carabobo de constituir un grupo de expertos en diferentes materias
históricas. Los autores de las obras pioneras de historia estatal deben
considerarse verdaderos precursores y su esfuerzo un ejemplo a seguir,
independientemente de los aciertos y limitaciones de los resultados (unas
historias más complejas que otras, unas de mayor amplitud y otras en menor
medida). En muchos casos, las fuentes estaban dispersas y había, y lo sigue
habiendo de manera innumerable, lagunas y huecos en el conocimiento bien de una
época, de una región, de un fenómeno o de personajes fundamentales.
El proyecto de la Academia de Historia
del Estado Carabobo refuerza con pasos decididos el estudio de la historia
regional y su más amplia divulgación, incluyendo aspectos no siempre
considerados ni suficientemente valorados como la historia precolombina y la
presencia indígena y sus aportes culturales. Ojalá estimule a corporaciones
similares y a grupos de estudio en otros estados a hacer lo mismo, en especial
en aquellas entidades federales cuya historia no logró concluirse y, por tanto,
llegar a ser publicada finalmente en la colección de las historias estatales.
Historias regionales, estatales y
locales, historia de grupos invisibilizados y subalternos, pequeñas historias
esperan la oportunidad de ser reconstruidas, actualizadas y formar parte de la
memoria colectiva, de las historias oficiales y recordadas y de las identidades
de los pueblos y la gente.
Escritor, investigador del IVIC,
profesor de la UCAB y miembro correspondiente de la Academia de Historia del
Estado Carabobo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


