viernes, 7 de octubre de 2016

FRAY CESÁREO DE ARMELLADA, EL PADRE INDIO




En este trabajo ‒el primero de varios dedicados a este ilustre pionero de la etnología en Venezuela‒ Horacio Biord Castillo nos ofrece la semblanza del Padre Indio, cuya lucha por el reconocimiento de los idiomas y las culturas indígenas lo llevó a incluirse en un “nosotros” que aún hoy asombra, y que obtuvo su primera significativa reivindicación en el gobierno de Luis Herrera Campins
Fray Cesáreo de Armellada fue el nombre religioso adoptado por Jesús María García Gómez, al entrar en la orden franciscana de los capuchinos menores (Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum, como es su nombre en latín, del cual deriva la sigla de O.F.M. Cap. que se coloca junto al nombre de los miembros de la orden). Había nacido en Armellada, un pequeño pueblo del municipio de Turcia (en la provincia de León, España), el 01 de agosto de 1908 y murió en Caracas, en la residencia de los padres capuchinos junto a la iglesia de Las Mercedes, el 09 de octubre de 1996, a los 88 años. Sus restos reposan, por expreso deseo suyo, en la capilla de la misión de Santa Teresita de Kavanayén (municipio Gran Sabana, estado Bolívar), que él había contribuido a fundar el 05 de agosto de 1942 y que, en la actualidad, es una de las poblaciones más importantes y emblemáticas, entre otras razones por la belleza del entorno, de la Gran Sabana, la tierra ancestral del pueblo pemón.
El padre Armellada llegó a Venezuela en enero de 1933 y pronto fue destinado a las entonces recién fundadas misiones capuchinas del Caroní. Se radicó un tiempo en Upata (estado Bolívar) y luego, en mayo de ese año, atravesó los abismos de La Escalera, en la serranía de Lema, como él mismo los llamó, para llegar a la Gran Sabana. Como a veces se trastoca la perspectiva temporal ante la fuerza de la costumbre y la cotidianeidad, valga decir que en aquella época la Gran Sabana era un rincón, hermoso y digno rincón, por demás, pero olvidado por distante, de la geografía venezolana. Aún Jimmy Ángel no había divulgado la existencia del gran salto de agua que hoy lleva su nombre, lo que ocurriría meses más tarde en noviembre de 1933, y sobre cuyo nombre indígena sigue habiendo una gran polémica (Churún-merú o salto del río Churún o Kerepakupai Vená). No existía, por supuesto, la carretera que hoy conecta Tumeremo y el resto del país con Santa Elena de Uairén y las ciudades brasileñas de Boa Vista (capital del estado de Roraima) y de Manaos (capital del estado de Amazonas, dos veces más extenso que Venezuela).
La Gran Sabana era una tierra no solo fabulosa en el sentido que le atribuyen en el respectivo imaginario social muchos venezolanos y extranjeros, tal cual lo muestran, quizá, algunos monumentos literarios como El mundo perdido (1912) de sir Arthur Conan Doyle (1859-1930); Canaima (1935) de Rómulo Gallegos (1884-1969) y Los pasos perdidos (1952) del cubano Alejo Carpentier (1904-1980), sino realmente mítica en tanto entorno y asiento de los referentes sagrados de las historias cosmogónicas pemones. En la Gran Sabana, el padre Armellada pudo familiarizarse con el idioma pemón, que llegó a aprender de manera amplia y fluida (especialmente la variedad dialectal conocida como kamarakoto), así como también con la cultura y la literatura del pueblo pemón.
Esa sería la base fundamental, la piedra angular, sobre la que el padre Armellada desarrollaría una vasta labor investigativa y de divulgación. En el campo de la investigación fue notable su asociación con una gran antropóloga británica, la Dra. Audrey Butt Colson, quien, desde la fray-cesareo-de-armellada-el-padre-indio-01-1década de 1950, empezó a estudiar a los indígenas akawaios también de lengua caribe y, más tarde, a los pemones, estos últimos en colaboración con el padre Armellada. Surgió así una extraordinaria alianza entre una antropóloga y un misionero. Fueron capaces de trascender las finalidades de su accionar personal e institucional, en beneficio del conocimiento etnológico, la descripción etnográfica y, a fin de cuentas, la sistematización, preservación y valoración de un acervo de y para un pueblo indígena y también para y, en cierto sentido, de una sociedad “mestiza” hispanoamericana con sentimientos ambivalentes, como el resto de las sociedades hispanoamericanas, sobre sus orígenes, herencias y presencias indígenas.
El padre Armellada, en lo que se pudiera denominar su período caraqueño, una vez concluidos sus trabajos misioneros en el Caroní, el Delta, Perijá y el Oriente de Venezuela, se matriculó en la Universidad Católica Andrés Bello, de donde egresaría en 1965 como licenciado en Comunicación Social. Asumió luego la dirección de la revistaVenezuela misionera, órgano de la asociación Estudios Venezolanos Indígenas, publicación periódica que, durante mucho tiempo, fue obra casi exclusiva ‒o al menos fundamentalmente‒ del padre Armellada, su director. Participó, junto con el padre José Del Rey Fajardo, s. j., en la formación del Seminario de Lenguas Indígenas, germen de lo que luego sería el Centro de Lenguas Indígenas, cuya dirección por muchos años ejerció, junto a la cátedra universitaria en sus seminarios sobre lenguas y literaturas indígenas, en la escuela de Letras de la mencionada universidad, donde tuve el honor, la dicha y el privilegio de ser su alumno y asistente en el Centro de Lenguas Indígenas. Adicionalmente, el padre Armellada estuvo al frente de la dirección del Archivo Arquidiocesano de Caracas y llegó a ser miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia por el estado Bolívar e individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. En esa corporación ocuparía el sillón letra D, vacante por fallecimiento de D. Eduardo Arroyo Lameda, y sería, a su vez, sucedido por D. Pedro Juan Krisólogo Bastard, un escritor e intelectual warao, primer indígena en ingresar como numerario a la más antigua de las academias nacionales, y correspondiente de la Real Española.
fray-cesareo-de-armellada-el-padre-indio-02El incansable misionero, siempre trajeado con el hábito talar de los hijos de san Francisco, se
ganó varios apodos cariñosos. Entre ellos, además de los seudónimos que utilizó para escribir, sobresalenEmasensén tuarí (el pobre correcaminos, en pemón) o el Padre Indio, nombre este que él llevaba con tanto orgullo como sencillez franciscana. Con frecuencia traducía palabras, frases o expresiones al pemón para deleite de todos los oyentes y siempre acotaba, para introducirlas o enfatizarlas al final, la coletilla de “como decimos nosotros” o “como decimos los pemón” o incluso “como decimos los indios de la Gran Sabana”. Esa primera persona del plural no solo resultaba plenamente inclusiva para el hablante en el más absoluto sentido de identificación con los hablantes nativos, sino respetuosa y motivada en tanto que actitud de defensa y prestigio del pueblo pemón, su lengua, su literatura y su cultura, y, por extensión, de todos los pueblos, lenguas, literaturas y culturas indígenas. Una gran alegría constituyó para él, el 20 de septiembre de 1979, la promulgación del decreto N° 283 del presidente Luis Herrera Campins sobre educación intercultural bilingüe. Entendió que el Estado le daba importancia al patrimonio inmaterial que representaban las lenguas, literaturas y culturas indígenas.
En esta Venezuela de tantas zozobras y mezquindades vale la pena rescatar para la memoria colectiva la obra y el legado del padre Armellada y de personas que, como él, se interesaron por entender y divulgar el país profundo del que han de emerger los símbolos y contenidos para su reconfiguración.
San Antonio de Los Altos, Gulima, septiembre, 2016